| 1905
Desde el mismo momento en que comenzó el día 20, puede decirse que empezó el bullicio y la alegría precursora de la fiesta; fue enorme la animación que se observaba en todos los puntos de la capital, pudiéndose asegurar que las principales vías ofrecían el aspecto de las tardes de corrida en agosto. Fueron más de dos mil personas las que llegaron a San Sebastián para presenciar las fiestas, en las que se incluían las inauguraciones de un muro en el puerto y de un puente sobre el río Urumea: el de María Cristina
1905 fue el año de la resurrección de la Tamborrada, gracias a las Sociedades "Sporti Clai", "Port Arthur" y "Amistad Donostiarra". Sirvieron para los ensayos los salones de ésta última, abriendo, entre todas, una suscripción pública para sufragar los gastos. La Comisión de Fomento del Ayuntamiento entregó al presidente de
"Sporti Clai", señor Arrieta, los tambores y demás objetos propios de la Tamborrada. "Euskal Billera" no aceptó la invitación de las tres Sociedades para tomar parte en la organización del festejo.
A las doce de la noche se izaron banderas en los balcones de sus domicilios sociales y el estruendo se prolongó toda la noche. Tres horas más tarde comenzaron los preparativos de la tradicional Tamborrada. "Un sol brillante, un
cielo terso y azul sin nubes que lo empañasen, vino a anunciarse con una aurora celosa de fuego, cuando en la Plazuela de Lasala arrancó la alegre comitiva", a las cinco de la mañana, precedida de 4 heraldos a caballo, escuadra de gastadores y los socios de la "Amistad Donostiarra", "Sporti Clai" y "Port Arthur", con la banda de música "La Unión”. Marchaba al frente, con gran marcialidad, el popular Pepe Artola.
Dos horas y media duró el recorrido, anunciado por las calles Bilintx, Mayor, Puyuelo, SanJuan, 31 Agosto, Narrica, San Jerónimo, Embeltrán, Narrica, Pescadería, San Juan, Brecha, Aldámar, Oquendo, Echaide, San Martín, Fuenterrabía, Príncipe, Loyola, Urbieta, Miramar, Andía, Plaza Guipúzcoa, Legazpi, Alameda, Igentea, Perujuancho y P. Lasala.
A las 10,30 el Ayuntamiento asistió a la misa de Santa María, bajo mazas y acompañado de timbales, llevando el síndico el Pendón morado que S.M. Alfonso de Castilla hizo merced a la ciudad. Abría la marcha la banda de txistularis y la cerraba la Banda Municipal de música.
Terminada la ceremonia, la comitiva se dirigió al muelle, para proceder al acto de la entrega oficial de las obras de restauración realizadas en el muro de cabecera de la dársena. A tal fin, en el centro de la zona a inaugurar se levantó un artístico altar con atributos de la marina. Todas las casas del barrio de la Jarana lucían colgaduras.
Poco después de las 11,30 llegó el Ayuntamiento al puerto, siendo recibido por el señor don Alberto Machimbarrena, delegado por el Ingeniero Jefe del distrito para recibir la obra, Comandante de Marina, jefes y oficiales de la comandancia de carabineros y todo el personal del ramo.
El vicario de la modesta iglesia de San Pedro, asistido de diácono y subdiácono, rezó las preces religiosas y bendijo el muro levantado, mientras la Banda Municipal interpretaba una marcha y eran lanzados al espacio docenas de voladores.
A continuación se procedió a la primera ореración de descarga, consistente en 25 sacos de cacao procedentes de Guayaquil, que una poderosa grúa alzó desde la bodega del vapor "María Clotilde” (en otras fuentes se cita "María Gertrudis"), consignados a los señores Albizu, Zubiri y Cía.
A las doce se reunió en el Ayuntamiento la Comisión de Obras en la que se encontraban el ingeniero, señor Sarasola; el arquitecto, señor Goicoa y el ex-director de Obras Públicas, don Pablo Alzola, para entregar cinco premios de cien pesetas concedidos a los cinco obreros que más destacaron durante los trabajos de construcción del puente María Cristina, que se inauguraría por la tarde. Correspondieron estos premios a Francisco Iglesias, del ramo de fundición;
Jaime Benafi, grabador en piedra artificial; Bautista Aguirre, grabador; Amadeo Inurria y Angel García, escultores.
Eran las tres de la tarde cuando entraba en el Paseo de los Fueros, por la calle San Martín, la banda de música “La Unión”, situándose al lado del obelisco colocado en la parte derecha del puente. Era el comienzo de la gran ceremonia, organizada para bendecir e inaugurar el nuevo puente, cuya construcción había durado nueve meses.
Instantes después penetraron en el indicado paseo dos compañías de la infantería del Regimiento Sicilia, con sus bandas de música, formando en línea a mano derecha de la vía, entre el río y la plaza de Bilbao.
A la misma hora, salía de la Casa Consistorial la comitiva de invitados, formada por este orden: Celadores, Banda Municipal de Música, Orfeón Donostiarra, coro de niños de la Academia Municipal de Música, maceros, Pendón morado del Ayuntamiento, la Corporación Municipal y los invitados en general: representantes
de la autoridad, sociedades, corporaciones, obreros, prensa, etc. El señor Elósegui llevaba la representación de S. M. la Reina Madre, haciendo de alcalde en funciones el señor Acha y el señor Machimbarrena (don Alberto) representaba al señor Offemier, Director de Obras Públicas, que no pudo trasladarse a San Sebastián.
Pausadamente, recorrieron las calles de Pescadería, Narrica, Boulevard, Elcano, Plaza Guipúzcoa, Churruca, Guetaria y Plaza de Bilbao,
cuyos balcones estaban profusamente engalanados. (En caso de mal tiempo se había previsto
hacer el trayecto en un servicio especial de tranvías).
Para esa hora todas las calles cercanas al puente estaban intransitables, dado el numeroso
público que ocupaba los más inverosímiles lugares. Un armonioso repique de campanas anunció la salida del clero del Buen Pastor, que llegó al lugar de la ceremonia poco antes que la comitiva oficial.
A las cuatro menos diez, aparecieron las
autoridades y demás invitados por la Plaza de
Bilbao, oyéndose los compases de la Marcha
Real interpretada por las dos bandas citadas.
En la acera de la izquierda y adosado al marco de la balaustrada del puente, se había colocado un modesto altar, adornado con un crucifijo y
seis candelabros, al que dieron guardia los maceros del Ayuntamiento. El señor Elósegui, con la
mayor parte de la Corporación, se situó al lado
izquierdo del altar.
El obispo, señor Cadena y Elceta, había
comunicado la imposibilidad de tomar posesión
de la diócesis antes del día veinte, por no haberle
sido despedidas las correspondientes bulas, prometiendo que sería San Sebastián la primera ciudad que visitaría. Fue por ello que, en su lugar,
actuó el arcipreste del Buen Pastor, señor Urizar,
entonando las oraciones de rigor. Después, precedido de la Cruz alzada, recorrió los andenes
laterales del puente en toda su extensión, volviendo al altar, desde donde dio por terminado el
acto religioso.
Seguidamente, el señor Elósegui pronunció
unas palabras, diciendo, entre otras cosas: "Permitirme, que felicite a los autores del proyecto
del puente y que indique que se ha concedido la
encomienda de Isabel "la Cristiana" al señor
don Eustaquio Inciarte, presidente de la Comisión de Hacienda de la Junta de Gobierno de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de San
Sebastián (entidad que había costeado la construcción del puente con un crédito a cien años
sin interés) y a don Marino Tabuyo, presidente
de la Comisión de Obras del Ayuntamiento, y la
encomienda de Alfonso XII a los señores Ribera
y Zapata, autores del proyecto, y a don Marcelo
Sarasola y a don José de Goicoa, ingeniero y
arquitecto del municipio, respectivamente".
Concluido su discurso, el señor Elósegui
recorrió la parte izquierda del puente, mientras
la Banda Municipal tocaba la Marcha Real.
A continuación, el Orfeón Donostiarra y el
coro de la Academia Municipal de Música, formado por 110 niños, cantaron "con admirable
justeza e irreprochable unidad" un himno compuesto por el maestro Santesteban especialmente
para esta ocasión. (Este himno, que venía siendo ensayado desde hacía varios días en el Teatro
Circo, se interpretó más tarde en la Plaza de la
Constitución junto al titulado Donostiarrak beti,
original de Pepe Artola y música del maestro
Rodoreda).
Terminado el acto, las distintas comitivas
emprendieron el regreso en la misma forma que
a su llegada, sirviéndose un té en la Casa Consistorial.
(La destrucción del viejo puente de madera,
por el que se suspendió la circulación a las ocho
de la mañana del día 19, fue concedida, días después, al señor Iceta, por la cantidad de 610 pesetas).
A las 6,30, casi todo el vencindario se había
congregado en las inmediaciones de la Estación
del Norte, para presenciar los fuegos artificiales
y el toro de fuego programados en la nueva
explanada, originando que lo que había comenzado bien estuviera a punto de terminar mal, por
culpa de la propia autoridad.
Después de haberse anunciado el toro de fuego, se pensó que tal vez produjera disturbios
"por aquello de los bueyes" y fueron "tan exageradas, tan insólitas, las medidas adoptadas, que
constituían, por sí solas, una verdadera provoсаción". Toda la policía se encontraba en los alrededores del nuevo puente, llegando a verse, en la Plaza de Bilbao, fuerzas de la Guardia Civil a caballo. Tales fueron las precauciones, que se dio orden a los montadores de los fuegos pirotécnicos para que no colocaran ruedas sobre la cabeza, limitándose a los cohetes sencillos del lomo. Ello, ya por lo pueril y ridículo de la medida, produjo desagradables efectos, pero se llegó al extremo límite al observar que sacado el toro de los almacenes a gran velocidad, era conducido pausadamente por su recorrido; que junto al "animal" iban diez o doce serenos con los bastones preparados; que a dos metros del "bicho" caminaban otros tantos serenos y que el inspector, señor Beñarán, observaba igual actitud a la de aquellos.
Cuando el público terminó de darse cuenta
de todo esto, comenzó a protestar ruidosamente
y "si los canutos de pólvora se hubieran consumido antes de que el toro recorriera el puente,
tal vez no hubiera sucedido, pero entró en el
Paseo de los Fueros y aunque sólo pudo recorrer
unos pocos metros, a la altura del Asilo San José
algunos sujetos apedrearon al toro y a sus guardianes". Varios serenos fueron blanco de las piedras, pero para uno solo, Marcelino Galarraga,
tuvo la agresión brutales consecuencias: sufrió
fuertes contusiones en la cabeza.
Los asistentes comenzaron a desfilar tristemente hacia el centro sin que las autoridades
recurrieran a procedimientos de represión,
"aunque de lo ocurrido, sólo a ellas cabe responsabilidad: no debió celebrarse el toro de fuego,
pero aceptada la fiesta, debió llevarse a cabo con
completa libertad, sin restricciones, como
antes".
Fueron otras curiosidades ocurridas durante
las fiestas patronales:
Mientras La Constancia, diario integrista,
decía que "todos los años se ha jugado durante el
verano en el Gran Casino, conceptuando como
lógico desvalijar a los forasteros, pero cierta consideración con los de casa hacía que, al llegar el mes de noviembre, cerraran sus puertas los garitos donde se explota el infame vicio, pero en el año actual no ha ocurrido así, hablándose de una temporada de invierno", La Voz de Guipúzcoa, diario republicano, aseguraba que en el Gran Casino "todo va a ser orden, corrección y moralidad".
Con destino al Museo Municipal llegó la obra "Las sardineras"; el domingo se abrió el nuevo
salón de cine "Jean", sito en el antiguo local del señor Campión; llego a San Sebastián el retoño del árbol de Guernica, proponiéndose su colocación en la Plaza de la Constitución a la que, dijeron, debería llamarse Plaza de los Fueros; se anunció una Tamborrada para los próximos carnavales y nacieron: Amelia Félix y Pérez, Pedro Osés y Zabala, Salvador Ferraz y Merino, Jesús Bruño y González, José Redondo y Gil, Sebastián Goñi y Argárate y Mario Cavilla y García
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