1900
Tres años hacía que el Ayuntamiento no subvencionaba las fiestas populares, so pretexto de
no haber incluido dicha partida en el presupuesto municipal. Ello era, por sí solo, fiel reflejo de
la apatía que últimamente reinaba en el ambiente donostiarra, respecto a sus festejos más queridos. Por un lado, las guerras continuas y por
otro, el permanente malestar interno de la
nación, habían rezagado a segundo término
aquel humor de antaño, ahora repetido por rutina y sin la espontaneidad de entonces.
Los bailes de máscaras, pese a su animación,
ya no tenían máscaras, y las comparsas, impres- cindibles para el brillante éxito de los carnavales, disminuían cada año, como si la imaginación
de quienes las creaban se hubiera perdido como
se perdieron las colonias.
Ante este estado de cosas reaccionó la
"Unión Artesana", como lo hiciera unos años
antes al unirse con "La Fraternal", y convocó
una reunión de presidentes de círculos y sociedades, el día 16 de octubre de 1899.
Bajo la presidencia de don Miguel Salaverría, presidente de la "Artesana" (en 1900 lo
sería Martín Domínguez), se reunieron don Francisco Ruiz Sana, presidente del "Veloz Club
Donostiarra"; don Benigno Arrizabalaga, presidente del "Círculo Easonense"; don Fernando
Colmenares, presidente del "Real Club Náutico";
don Jacobo Domínguez, presidente del Consejo
de Administración del Gran Casino y don Ramón
Machimbarrena, presidente de la "Sociedad
Económica Vascongada de Amigos del País". El
presidente del "Club Cantábrico" estuvo representado por el del "Veloz Club Donostiarra" y
èxcusó su asistencia el presidente del "Círculo
Católico". También asistieron el maestro Sarriegui y don José Rodoreda, director de la Banda
Municipal.
Como consecuencia de esta toma de contacto
de los responsables de la vida popular donostiarra, se acordó apoyar la iniciativa de la "Artesana" y organizar unos carnavales -en los que se
incluía la jornada del 20 de enero, como ya ha
sido comentado- que pasaran a la historia por
su grandiosidad y que, a la par, sirvieran para
sacar a la fiesta del letargo en que se encontraba.
Fue nombrada una Junta Directiva de Festejos, presidida por don Miguel Salaverría, en la
que figuraban como tesorero, don Félix Zuazola
y como secretario, don Eugenio Gabilondo, por
ser quienes ocupaban dichos cargos en la "Unión
Artesana’. Las subcomisiones se crearon como
sigue: Tamborradas y Entierro: presidente, don
Modesto Aguirrezabala; Plaza de Toros: presidente, don José Arana; Bailes: presidente, don
Benigno Arrizabalaga; Teatro: presidente, don
José Ugarte; Sokamuturra: presidente, don
Ramón Cortázar, y Taller: presidente, don Her- menegildo Otero.
Entre casi el centenar de personas que completaban estas subcomisiones, aparecían los
señores Luis Elizalde, Alejo Cartier, Nemesio
Artola, Agapito Ponsol, Pepe Artola, Maestro
Santesteban, Fermín Machimbarrena, Perico
Buenechea, Bartolomé Lopetedi, Rogelio Gordón,
Remigio Ituarte, Pepe Iñiguez, Shegundo Berasategui (jefe de guerreros), Marino Tabuyo (jefe de
nigrománticos), Ramón Cabra (tambor mayor),
Canales (jefe de demonios), etc. El día 8 de enero, en el depósito de bombas
de la Brecha, dieron comienzo los ensayos de la
Tamborrada. Se quiso vestir a la banda de música con trajes de lampernas o percebes, pero después de muchos intentos para conseguir los moldes de los disfraces, que fueron hechos por la
organización -la tierra para los moldes de las
máscaras se trajo de una mina de Oyarzun-,
hubo de desistirse de tal idea debido a que los
músicos no oían desde el interior de las cabezas
de cartón y tampoco podían tocar los instrumentos metidos en dichos trajes. Desechado el
proyecto, se optó por destinar este vestuario a los
tamborreros y barrileros, adoptando el de muskullus y lapas para la banda.
Por la tarde del día 18 llegaron, procedentes
de Salamanca, las doce reses de la ganadería de
Tabernero que serían corridas el día 20. Costaron 300 pesetas cada una y alegraron a los aficionados en la Plaza de la Constitución a las ocho
de la mañana (un buey y una vaca), a las doce
del mediodía (tres bueyes) y a las cuatro de la
tarde (cinco bueyes). El último fue llevado por las
calles de San Jerónimo y 31 de agosto hasta el
atrio de San Vicente. En la Plazuela de Lasala se corrieron uno a las 7,30 de la mañana y otro después de comer.
A las doce de la noche de la víspera del santo
patrono, las Sociedades de recreo instaladas en
la Plazuela de Lasala izaron la bandera de la ciudad, con la insignia de la matrícula de San
Sebastián, en los balcones iluminados de la
"Unión Artesana". También adornaron sus
fachadas, entre otros, la "Sociedad VascoCastellana" y el "Círculo Federal".
Por la mañana, a las cinco, después de haber
saboreado las típicas sopas de ajo, un grupo de
jóvenes, no conformes con el acuerdo tomado
por la Junta Directiva de Festejos de que la Tamborrada saliera a las diez, para que pudiera presenciarla mayor número de público, solicitó de la
correspondiente Comisión la cesión de los tambores para hacer el recorrido, pero ésta se negó al
no estar programada su salida.
Retirado ya el segundo buey de las ocho, las
autoridades regresaron a sus domicilios para
vestir los trajes de gala que lucirían al ir en Corporación a Santa María y quienes iban a tomar
parte en la Tamborrada comenzaron a ultimar
los detalles de su organización. Salió la cabalgata-tamborrada a las diez de
la mañana, haciendo el siguiente trayecto: Igentea, Mayor, Puyuelo, San Jerónimo, Hernani,
Loyola, San Marcial, Easo, San Martín, Fuenterrabía, Avenida de la Libertad, Guetaria, San
Martín, Vergara, San Marcial, Idiáquez, Oquendo, Camino, Plaza de Guipúzcoa, Legazpi, Boulevard, San Juan, Brecha, Pescadería, Plaza de la
Constitución, Iñigo, Narrica, 31 de agosto y
Puyuelo.
El orden de la comitiva fue: dos heraldos
ricamente ataviados con trajes de seda y dalmática de terciopelo, montados en briosos caballos
cubiertos por gualdrapas de vistosos y alegres
colores, con escudos galoneados de plata. Clarines y timbaleros vestidos con elegancia, llevando, todos ellos, disfraces diseñados por el señor
Rogelio Gordón y trabajados por el señor Remigio Ituarte. Diecisiete gastadores con trajes de
chipirón, capitaneados por un pescador con aparejo de pescar dichos moluscos, según idea del
pintor señor Irureta. Veinte lampernas eran la banda de tambores y otras doce la de barriles,
las cuales "parecían decir a la gente: ¡ Comedme,
comedme!"; la cabeza estaba construida de cartón piedra y las extremidades de percalina,
habiendo trabajado en su confección los señores
Gordón, Otero, Gargallo, Irureta, Salaverría,
Gabilondo, Alberdi, Mendizábal y Solás.
La Banda Municipal, formada por sesenta
músicos vestidos de muskullos y lapas, según
dibujos del señor Gordón, trabajados por los
señores Iñiguez y Mendizábal, iba dirigida por la
"Lapa Mayor", maestro Rodoreda. Fueron interpretadas las composiciones Mariscos en tierra y
Lamentos de un chipirón, de Sarriegui y el Iriyarena, atribuido por Mr. Reviert a Ludwig van
Beethoven y por otros al austriaco Francisco
José Haydn.
Una carroza, idea de Alejandrino Irureta y
realizada por el señor Gargallo, representaba un
cangrejo de mar, de gran tamaño, andando
sobre las rocas y llevando a cuestas una concha
de nácar, en cuyo interior aparecía la Bella Easo,
cargo recaído en la bellísima y encantadora
señorita Ulpiana Rodríguez (luego rectificaría la
prensa, diciendo que se trataba de Ulpiana Becerra), costurera de la casa Gargallo Hnas., que
vestía con gran elegancia ostentando valiosas
joyas cedidas por don Pablo Beiner, hasta el punto de "parecer un hada de ensueño con su vapоroso vestido blanco, cubierto por un manto granate".
La carroza, que figuraba ir tirada por dos
cisnes, obra del escultor Pepe Iñiguez, era conducida por cuatro bueyes disfrazados de besugos
con astas, sobre los que se extendía una gran
red; los boyeros vestían trajes de "sira marinera".
Cerraba la cabalgata-tamborrada "una
escolta de 25 ranas-jinetes sobre cisnes".
Momentos antes de disolverse, la Tamborrada, que por su exquisito gusto y elevado coste
(113.000 pesetas) sería sacada en varias ocasiones durante el transcurso del año, fue fotografiada por algunos aficionados.
A pesar del éxito alcanzado (37.000 forasteros llegaron a San Sebastián para presenciarla), muchos donostiarras dijeron que "ni por la hora,
ni por su aparato", la Tamborrada había sido lo
que debía ser, pues sólo se presentó intacta la
música; elogiaban la vistosa cabalgata, pero
lamentaban que se hubiera roto la tradición. El
trayecto estuvo "inundado por miles de almas,
pues no sólo de los pueblos y capitales vecinas
vino gente, sino también de Francia llegaron los
trenes atestados" y, por ello, la empresa de
ferrocarriles facilitó descuentos a los viajeros
que venían de Vitoria, Pamplona e Irún, valederos para tres días.
En el barrio del Antiguo se celebró misa
solemne y procesión, cantándose, luego, las
acostumbradas vísperas.
Al atardecer hubo baile de máscaras en la
"Sociedad Vasco-Castellana" y en el Variedades,
además de en los lugares clásicos.
El Teatro Principal anunció la actuación de
la Compañía de Zarzuela dirigida por Valentín
García y Taberner y formada por las actrices Romero, Irurzum y Taberner y los actores
García, Lasantas y Estelles. Se interpretó, el día
19, El baile de Luis Alonso, La flor de la maravilla y la parodia de la ópera Carmen titulada Carmela. El día 20, a las 3,30, se ofreció La marchа
de Cádiz, El baile de Luis Alonso y La flor de la
maravilla, y a las 8,45 La viejecita y el baile de
medio carácter El ente enamorado, junto a la
Danza valenciana y Carmela.
Por la noche se despidió la fiesta con un banquete en la "Unión Artesana", a cargo del bolsillo particular de cada socio, servido por el señor
Tremiño, del Hotel Central. Por unanimidad, se
acordó enviar a la Bella Easo el ramillete de dulces que coronaba el centro de la mesa, junto a un
expresivo diploma artísticamente hecho a pluma
y tinta de colores, por el dibujante señor Beneite.
Una comisión se encargó de llevar personalmente el mensaje a su domicilio.
Así terminaba lo que a juicio de la mayoría
había sido el comienzo de un próspero período
para las fiestas patronales de San Sebastián que,
aunque todavía nadie lo supiera, tendría que
enfrentarse en un futuro muy próximo a especiales circunstancias que cambiarían negativamente el rumbo de su historia, hasta que, mucho más
tarde, volviera a recuperar su primitivo camino.
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