domingo, 16 de enero de 2022

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FESTIVIDAD DE SAN SEBASTIÁN 
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FESTIVIDAD DE SAN SEBASTIÁN 
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FESTIVIDAD DE SAN SEBASTIÁN (20.01)





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FESTIVIDAD DE SAN SEBASTIÁN (21.01)









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DOS SIGLOS DE TAMBORRADA
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Tres años hacía que el Ayuntamiento no subvencionaba las fiestas populares, so pretexto de no haber incluido dicha partida en el presupuesto municipal. Ello era, por sí solo, fiel reflejo de la apatía que últimamente reinaba en el ambiente donostiarra, respecto a sus festejos más queridos. Por un lado, las guerras continuas y por otro, el permanente malestar interno de la nación, habían rezagado a segundo término aquel humor de antaño, ahora repetido por rutina y sin la espontaneidad de entonces. Los bailes de máscaras, pese a su animación, ya no tenían máscaras, y las comparsas, impres- cindibles para el brillante éxito de los carnavales, disminuían cada año, como si la imaginación de quienes las creaban se hubiera perdido como se perdieron las colonias. Ante este estado de cosas reaccionó la "Unión Artesana", como lo hiciera unos años antes al unirse con "La Fraternal", y convocó una reunión de presidentes de círculos y sociedades, el día 16 de octubre de 1899.
Bajo la presidencia de don Miguel Salaverría, presidente de la "Artesana" (en 1900 lo sería Martín Domínguez), se reunieron don Francisco Ruiz Sana, presidente del "Veloz Club Donostiarra"; don Benigno Arrizabalaga, presidente del "Círculo Easonense"; don Fernando Colmenares, presidente del "Real Club Náutico"; don Jacobo Domínguez, presidente del Consejo de Administración del Gran Casino y don Ramón Machimbarrena, presidente de la "Sociedad Económica Vascongada de Amigos del País". El presidente del "Club Cantábrico" estuvo representado por el del "Veloz Club Donostiarra" y èxcusó su asistencia el presidente del "Círculo Católico". También asistieron el maestro Sarriegui y don José Rodoreda, director de la Banda Municipal. Como consecuencia de esta toma de contacto de los responsables de la vida popular donostiarra, se acordó apoyar la iniciativa de la "Artesana" y organizar unos carnavales -en los que se incluía la jornada del 20 de enero, como ya ha sido comentado- que pasaran a la historia por su grandiosidad y que, a la par, sirvieran para sacar a la fiesta del letargo en que se encontraba. Fue nombrada una Junta Directiva de Festejos, presidida por don Miguel Salaverría, en la que figuraban como tesorero, don Félix Zuazola y como secretario, don Eugenio Gabilondo, por ser quienes ocupaban dichos cargos en la "Unión Artesana’. Las subcomisiones se crearon como sigue: Tamborradas y Entierro: presidente, don Modesto Aguirrezabala; Plaza de Toros: presidente, don José Arana; Bailes: presidente, don Benigno Arrizabalaga; Teatro: presidente, don José Ugarte; Sokamuturra: presidente, don Ramón Cortázar, y Taller: presidente, don Her- menegildo Otero. Entre casi el centenar de personas que completaban estas subcomisiones, aparecían los señores Luis Elizalde, Alejo Cartier, Nemesio Artola, Agapito Ponsol, Pepe Artola, Maestro Santesteban, Fermín Machimbarrena, Perico Buenechea, Bartolomé Lopetedi, Rogelio Gordón, Remigio Ituarte, Pepe Iñiguez, Shegundo Berasategui (jefe de guerreros), Marino Tabuyo (jefe de nigrománticos), Ramón Cabra (tambor mayor), Canales (jefe de demonios), etc.
El día 8 de enero, en el depósito de bombas de la Brecha, dieron comienzo los ensayos de la Tamborrada. Se quiso vestir a la banda de música con trajes de lampernas o percebes, pero después de muchos intentos para conseguir los moldes de los disfraces, que fueron hechos por la organización -la tierra para los moldes de las máscaras se trajo de una mina de Oyarzun-, hubo de desistirse de tal idea debido a que los músicos no oían desde el interior de las cabezas de cartón y tampoco podían tocar los instrumentos metidos en dichos trajes. Desechado el proyecto, se optó por destinar este vestuario a los tamborreros y barrileros, adoptando el de muskullus y lapas para la banda. Por la tarde del día 18 llegaron, procedentes de Salamanca, las doce reses de la ganadería de Tabernero que serían corridas el día 20. Costaron 300 pesetas cada una y alegraron a los aficionados en la Plaza de la Constitución a las ocho de la mañana (un buey y una vaca), a las doce del mediodía (tres bueyes) y a las cuatro de la tarde (cinco bueyes). El último fue llevado por las calles de San Jerónimo y 31 de agosto hasta el atrio de San Vicente. En la Plazuela de Lasala se corrieron uno a las 7,30 de la mañana y otro después de comer. A las doce de la noche de la víspera del santo patrono, las Sociedades de recreo instaladas en la Plazuela de Lasala izaron la bandera de la ciudad, con la insignia de la matrícula de San Sebastián, en los balcones iluminados de la "Unión Artesana". También adornaron sus fachadas, entre otros, la "Sociedad VascoCastellana" y el "Círculo Federal". Por la mañana, a las cinco, después de haber saboreado las típicas sopas de ajo, un grupo de jóvenes, no conformes con el acuerdo tomado por la Junta Directiva de Festejos de que la Tamborrada saliera a las diez, para que pudiera presenciarla mayor número de público, solicitó de la correspondiente Comisión la cesión de los tambores para hacer el recorrido, pero ésta se negó al no estar programada su salida. Retirado ya el segundo buey de las ocho, las autoridades regresaron a sus domicilios para vestir los trajes de gala que lucirían al ir en Corporación a Santa María y quienes iban a tomar parte en la Tamborrada comenzaron a ultimar los detalles de su organización.
Salió la cabalgata-tamborrada a las diez de la mañana, haciendo el siguiente trayecto: Igentea, Mayor, Puyuelo, San Jerónimo, Hernani, Loyola, San Marcial, Easo, San Martín, Fuenterrabía, Avenida de la Libertad, Guetaria, San Martín, Vergara, San Marcial, Idiáquez, Oquendo, Camino, Plaza de Guipúzcoa, Legazpi, Boulevard, San Juan, Brecha, Pescadería, Plaza de la Constitución, Iñigo, Narrica, 31 de agosto y Puyuelo. El orden de la comitiva fue: dos heraldos ricamente ataviados con trajes de seda y dalmática de terciopelo, montados en briosos caballos cubiertos por gualdrapas de vistosos y alegres colores, con escudos galoneados de plata. Clarines y timbaleros vestidos con elegancia, llevando, todos ellos, disfraces diseñados por el señor Rogelio Gordón y trabajados por el señor Remigio Ituarte. Diecisiete gastadores con trajes de chipirón, capitaneados por un pescador con aparejo de pescar dichos moluscos, según idea del pintor señor Irureta. Veinte lampernas eran la banda de tambores y otras doce la de barriles, las cuales "parecían decir a la gente: ¡ Comedme, comedme!"; la cabeza estaba construida de cartón piedra y las extremidades de percalina, habiendo trabajado en su confección los señores Gordón, Otero, Gargallo, Irureta, Salaverría, Gabilondo, Alberdi, Mendizábal y Solás. La Banda Municipal, formada por sesenta músicos vestidos de muskullos y lapas, según dibujos del señor Gordón, trabajados por los señores Iñiguez y Mendizábal, iba dirigida por la "Lapa Mayor", maestro Rodoreda. Fueron interpretadas las composiciones Mariscos en tierra y Lamentos de un chipirón, de Sarriegui y el Iriyarena, atribuido por Mr. Reviert a Ludwig van Beethoven y por otros al austriaco Francisco José Haydn. Una carroza, idea de Alejandrino Irureta y realizada por el señor Gargallo, representaba un cangrejo de mar, de gran tamaño, andando sobre las rocas y llevando a cuestas una concha de nácar, en cuyo interior aparecía la Bella Easo, cargo recaído en la bellísima y encantadora señorita Ulpiana Rodríguez (luego rectificaría la prensa, diciendo que se trataba de Ulpiana Becerra), costurera de la casa Gargallo Hnas., que vestía con gran elegancia ostentando valiosas joyas cedidas por don Pablo Beiner, hasta el punto de "parecer un hada de ensueño con su vapоroso vestido blanco, cubierto por un manto granate".
La carroza, que figuraba ir tirada por dos cisnes, obra del escultor Pepe Iñiguez, era conducida por cuatro bueyes disfrazados de besugos con astas, sobre los que se extendía una gran red; los boyeros vestían trajes de "sira marinera". Cerraba la cabalgata-tamborrada "una escolta de 25 ranas-jinetes sobre cisnes". Momentos antes de disolverse, la Tamborrada, que por su exquisito gusto y elevado coste (113.000 pesetas) sería sacada en varias ocasiones durante el transcurso del año, fue fotografiada por algunos aficionados. A pesar del éxito alcanzado (37.000 forasteros llegaron a San Sebastián para presenciarla), muchos donostiarras dijeron que "ni por la hora, ni por su aparato", la Tamborrada había sido lo que debía ser, pues sólo se presentó intacta la música; elogiaban la vistosa cabalgata, pero lamentaban que se hubiera roto la tradición. El trayecto estuvo "inundado por miles de almas, pues no sólo de los pueblos y capitales vecinas vino gente, sino también de Francia llegaron los trenes atestados" y, por ello, la empresa de ferrocarriles facilitó descuentos a los viajeros que venían de Vitoria, Pamplona e Irún, valederos para tres días. En el barrio del Antiguo se celebró misa solemne y procesión, cantándose, luego, las acostumbradas vísperas. Al atardecer hubo baile de máscaras en la "Sociedad Vasco-Castellana" y en el Variedades, además de en los lugares clásicos. El Teatro Principal anunció la actuación de la Compañía de Zarzuela dirigida por Valentín García y Taberner y formada por las actrices Romero, Irurzum y Taberner y los actores García, Lasantas y Estelles. Se interpretó, el día 19, El baile de Luis Alonso, La flor de la maravilla y la parodia de la ópera Carmen titulada Carmela. El día 20, a las 3,30, se ofreció La marchа de Cádiz, El baile de Luis Alonso y La flor de la maravilla, y a las 8,45 La viejecita y el baile de medio carácter El ente enamorado, junto a la Danza valenciana y Carmela. Por la noche se despidió la fiesta con un banquete en la "Unión Artesana", a cargo del bolsillo particular de cada socio, servido por el señor Tremiño, del Hotel Central. Por unanimidad, se acordó enviar a la Bella Easo el ramillete de dulces que coronaba el centro de la mesa, junto a un expresivo diploma artísticamente hecho a pluma y tinta de colores, por el dibujante señor Beneite. Una comisión se encargó de llevar personalmente el mensaje a su domicilio. Así terminaba lo que a juicio de la mayoría había sido el comienzo de un próspero período para las fiestas patronales de San Sebastián que, aunque todavía nadie lo supiera, tendría que enfrentarse en un futuro muy próximo a especiales circunstancias que cambiarían negativamente el rumbo de su historia, hasta que, mucho más tarde, volviera a recuperar su primitivo camino.

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