EL DÍA DE AYER
Así como el verano celebra esta ciudad festejos en grande escala, propios de una gran población, principalmente, el 15 de Agosto, día de la patrona de San Sebastián, el invierno, y el 20 de enero obsequia a su patrono con diversiones características de un pueblo vascongado.
Las corridas de toros se suplen con bueyes atados con una maroma ; la Salve y Misa Mayor del 14 y 15 de Agosto, en las que tomaron parte la magnífica orquesta de Vazquez, se reducen a la Misa Mayor llamada de “tabla”, y así todas las demás diversiones y solemnidades pierden en importancia para todos los que no sean erriko-shemes, pero ganan muchísimo a los ojos de restos, máxime si, como decía un amigo mio, han sido bautizados en San Vicente.
Esta circunstancia ha debido de influir en mi para que califique de inmejorable a todo cuanto ayer tuvo lugar en esta ciudad.
Los acordes de la acompasada marcha de San Sebastián, ejecutada por la música de Galatas y acompañada por unos cincuenta conocidos jóvenes de la localidad, redoblando valientemente en el parche de sus tambores o en las latas de petróleo, me despertaron bruscamente de mi tranquilo sueño, causándome el efecto de una obra musical del autor de la música del porvenir.
Mi despertar fue alegre y la impresión causada por el despertador, agradable en extremo. Me declaré wagnerista.
¡Que buenas obras podría concebir el genio de Ricardo Wagner, si contara con la música del Sr. Galatas, con una cuantas latas de petróleo y con individuos que las manejasen co la habilidad que demostraron ayer los jóvenes tamborreros!
Como lejanas descargas de fusilería el furioso redoblar de los tamborreros llegaba a mis oidos, cuando me sentí nervioso y azogado al escuchar las alegres notas semi-corcheadas, juguetonas y ligeras del iriyarena, magistralmente lanzadas al espacio por los tamborileros de la población.
A la música del Wagner donostiarra sustituía la del Rossini erriko-sheme.
Me lancé a la calle. El tiempo estaba serio y nublado, amenazando llover.
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Eran las ocho y el celador dio orden verbal de comenzar la función.
Retinto, ojo de perdiz o cosa así de muchas libras y de cuatro pies, fue el primero que pisó el adoquinado de la población. Recibió innumerables puyazos de los muchachos de tanda; sufrieron varios tumbos los inexpertos en los tencs de la maroma, y rendido y fatigado el cornudo animal, fue arrastrado a la baca por los carniceros guiados por el soca muturra.
El vicho dio poco juego. Se decía que el contratista fue multado con 5 duros.
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Atraído por el efecto mágico de las campanas de Santa María, movido por aquel soberbio tilinnn talannn que estremece todas las fibras sensibles de mi organismo, pisé los umbrales del suntuoso templo, dispuesto a escuchar, como escuché, la preciosa misa del Sr. Santesteban padre y el brillante penegírico pronunciado por el señor Don Bonoso Insausti en obsequio a nuestro Santo patrono.
Debo advertir que el 20 de Enero es fiesta de precepto.
Que conste para el año próximo.
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Las corridas de bueyes en la Plaza Nueva, tanto al mediodía como por la tarde, estuvieron muy divertidas, no por la calidad del ganado, sino también por la gran concurrencia de aficionados que asistió a este popular espectáculo.
A pesar del mal tiempo en los balcones de las casas lucían sus gracias mas de una linda polla que en más de una ocasión fueron causa de que sus admiradores, absortos en la contemplación de sus estélicas condiciones, estuvieran expuestos a sufrir la caricia poco agradable de una cornada.
Hubo un lujo de cuernos a la tarde. Salieron al cuadrado cinco inofensivos bueyes.
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A pesar de la fría noche, la plazuela de Medio Mundo estuvo concurridísima, momentos después de recorrer las calles de la población el tamboril y la música del Sr. Galatas.
Las sociedades Unión Artesana y La Fraternal aparecían iluminadas caprichosamente.
Al son del Iriyarena antiguo hizo su entrada en la plazuela el zezen-susco tradicional (frase de costumbre) lanzando chispas inofensivas a los numerosos diestros que se atreven con este toro original.
Colocado el vicho en los medios lucío el Sr. Manterola su habilidad pirotécnica tanto en la suerte de las pelotillas de luces de bengala como en la caprichosa fuente con que dio fin el animal.
Los globos subieron unos muy bien, otros, por demostrar su gran cariño a este pueblo se empeñaron en bajar.
La música y el tamboril alternaron pacíficamente y mantuvieron la animación y la alegría de la plazuela, convertida en un inmenso salón de baile, pero baile “ariñ ariñesco”.
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El baile de máscara fue un lisonjero preludio de lo que han de ser los próximos de Carnaval.
Muchos jóvenes, crecido número de pollas enmascaradas, dejando descubrir rasgos notorios de las gracias que ocultaban, se estrechaban arremolinados en el ancho salón del Teatro del Circo, impulsados por los arrebatadores walses, o se movían pausadamente al compás de lánguidas habaneras que la orquesta del señor Barech ejecutaba.
Reinó la más expansiva alegría y el orden más completo.
El baile ha terminado a las cuatro y media de la madrugada.
Con esto dieron fin las fiestas de San Sebastián, en las que se notaron, como siempre, el mayor orden y compostura, y sin que el menor incidente desagradable desdijera en lo más mínimo en nuestro envidiado carácter.
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